La Radio

 

Las pálidas bocanadas de invierno siempre llenaban el auto de una combinación de aromas poco usuales, donde convivía el pan con mantequilla, el café, la pasta de dientes como era usual antes de ir al colegio y la colonia de farmacia para ponerle clase al asunto. En aquella época estudiaba lejos, así que caminar no era una opción que permitiese lograr el cometido en menos de 45 minutos, razón por la que, mientras mi papá dejaba encendiendo el motor del auto en las mañanas para que no se estropeara a medio camino, yo pensaba en qué canciones escuchar para ayudar a definir las emociones que gobernarían el día en general, a la más pura usanza adolescente. 

Los viajes largos -pero no tan largos- eran cómodos, al menos según la realidad aburguesada que me significaría ser el blanco de críticas en discusiones sobre quién era más comunista en ese entonces. Sin embargo, más que pensar en aquello, o en espectar el distorsionado camino producto de la velocidad en carretera, mis sentidos iban enfocados casi ritualmente en las canciones del mp3, hasta que comenzaba el programa de deportes de la Radio Agricultura.  

Cuando recuerdo las actividades padre e hijo que aún no sufren los traspiés de la frágil memoria, siempre se me vienen a la mente esos viajes diarios a San Vicente. “Ese Carcuro es terrible yeta” – decía siempre mi papá, mientras yo asentía con la sonrisa más alegre que la edad del pavo me permitía expresar. A pesar de que aún lo encuentro buen relator producto de la nostalgia, sí, en efecto era demasiado yeta, cosa que los comentarios absurdamente positivos del Sapito Livingstone no hacían más que aumentar el sentimiento de querer tirar la radio por la ventana.

En fin. Esa interacción mental que había al compartir opiniones parecidas sobre fútbol o la embarrada que estaba en el país era suficiente para ambos; una que otra pregunta sobre las notas y sus correspondientes respuestas monosilábicas, ya sea para fluir de mejor manera la conversación en términos prácticos, como para evitar discusiones producto de un pensamiento independiente interpretado falsamente como una falta de respeto. Dentro de todo, cada una de esas cosas era capaz de forjar una cierta calidez, suficiente para designar lo que los expertos llaman una relación sana.

Siempre pensé que estar en desacuerdo con lo que la radio exponía era una suerte de entrenamiento para lo que se venía en el día, y el colegio no era la excepción. Luego de detener el motor en el estacionamiento de piedra, el mantra paternal siempre consistía en un “Calmado nomás, ¿ya?”. Él sabía que a pesar del cariño que le tenía a Carcuro, siempre fui más de Bonvallet para mis cuestiones, cosa que la dosis de media hora de Deportes en Agritortura por las mañanas no iba a alterar en lo más mínimo.

La caminata lenta y el saludo que ocultaba el acento era pan de cada día al llegar a mi año de debut y despedida con la educación privada, donde los logros consistían más en hacer sentir orgulloso a Martín Vargas que a Floridor Pérez precisamente. Sin embargo, nada de eso terminó por afectar en demasía mis convicciones en aquel entonces, pues llegando a la casa de noche todos coincidíamos en que éramos pobres, pero no huevones. Daba lo mismo que la radio metaforizase siempre sobre bajar el moño y jugar al empate ante la adversidad. 

Ese mismo año le ganamos 2-1 por primera vez a los vigentes campeones del mundo. No hicieron falta más mensajes telepáticos con mi padre para conocer la fórmula, pero al menos supe que iba por buen camino.

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