Domingo

Dedicado a quien o quienes les apriete el zapato

Mucho se ha escrito acerca de las distintas formas en que puede comenzar una historia al momento de contarla. Dentro de dichas fórmulas hay una en particular que siempre ha llamado mi atención, debido a la complejidad que representa ponerse a pensar en ello. Me refiero a la de comenzar una historia teniendo en cuenta que es el principio de un todo, es decir, el Alfa de una serie de acontecimientos que no tendrían razón de ser de no haber empezado en el exacto punto que el escritor decidió para su concepción.

Con respecto a lo anterior me pongo a pensar, al mismo tiempo que la duda recorre mi cabeza: ¿Será posible entablar una fecha de inicio para una historia que, teniendo mucho de memoria, ve difuminada tanto su fecha de inicio como de término? En este caso quizás lo correcto sería ir al grano y comenzar desempolvando de una vez qué es eso tan impresionante, tan trascendente o particular como para tener la dignidad de plasmarse en algún medio impreso o digital, dependiendo del nivel de alcance o popularidad que goce el presente conjunto de palabras que se presentará a continuación:

La tierna edad de 7 años no tenía nada de tierna entre medio de la tierra y el polvo que levantaba aquella cancha de tierra ubicada en algún rincón de San Fernando, donde se erigían los pilares griegos con forma de rocas simulando ser arcos. Lugar donde las expectantes arboledas asumían el rol de proteger el campo de batalla, en el que solo un equipo lograría salir victorioso, relegando al rival a la vergüenza eterna en los confines de la población Colchagua Sur.

De acuerdo a la descripción anterior, el lector podría asumir que nuestro personaje principal -cosa que se intuye al ser el único fulano medianamente presentado hasta ahora- era pieza fundamental en el esquema táctico, goleador indiscutido y figura sobresaliente, pero cual día menos pensado, nada haría presagiar que la realidad estaba completamente alejada de aquella fantasía. La verdad es que, como en toda escala jerarquizada existente en los distintos tipos de sociedad civilizada, una edad menor a los diez años invalida completamente cualquier intención de un rol protagónico en un mundo de poncheras cerveceras y calvas tempranas.

Cerrado aquel paréntesis, aquel ojo crítico personificado en mí, se hallaba entre medio de los “¡Córrete mierda!” y los crudos “¡Ándate pa’ la casa cabro hueón!” cuando veía a “la caprichosa” bailar entre aquel bosque de piernas con retención de líquidos y más de algún desgarro en el historial. Sin ánimos de agregar a una manifestación tan simple un aire exagerado de corte celestial -aunque así se sintiera-, toda la acción que ante mis ojos se reflejaba era simplemente la de un espectador que, como dijimos, era limitado en cuanto a los roles posibles dentro de este relato.

Muchos de los coprotagonistas gozaban de sobrenombres que solo el mejor de los escribanos podría descifrar. Algunos eran menos ocurrentes, como el típico “Pelado” o el “Chancho”, alias que para estos efectos no es muy revelador, debido a que todos ostentaron aquel título en algún momento. Pero, como dije antes, no hay registro más que algún secreto bien guardado que sea capaz de revelar qué diablos significaban “Ploqui”, “Lipi”, “Tica”, “Mota”, “Nino” o “Chucho”. Existen otras menciones honoríficas como “Chico”, “Dani”, “Willy”, “Ema” o “Hugo”, pero más que todo debido a que está la leve posibilidad de que esos sean sus nombres reales, lo que no me sorprendería, a decir verdad.

En fin, para cada una de las personas nombradas en aquella singular lista, el domingo, más que ser el único día de la semana en que se cuestionaba la existencia de alguna deidad mientras se estaba sentado en el baño, adquiría un significado distintivo en aquella zona donde habitaban mayoritariamente adultos mayores. Era el día de la semana en que los anhelos de la juventud eterna se tomaban las calles para demostrar que nunca se es tarde para hacer ese gol soñado, con celebración ensayada con fervor ante el espejo antes de irse a dormir.

Ese día se planchaba la camiseta de la Católica, de la Chile, de Colo-Colo, e incluso una de la selección brasileña colada entre medio, con el único motivo de colorear la tierra que la vida creía haber perdido. Tú para allá, tú para acá, y empezaba el partido.

Siempre me pregunté cuáles eran los anhelos reales dentro de tanta parafernalia inserta en un partido de partido de fútbol, a su vez con dudosas reglas improvisadas y claras discrepancias respecto de la forma que debe tener una cancha en condiciones normales. Era un tema que hasta hace no mucho creía una interrogante total, cuyo espacio en mi cabeza solo era un recuerdo sobre analizado.

Los partidos no terminaban hasta que el sol caía frente a las líneas del tren, aunque esto podía no importar dependiendo de la estipulación en caso de haberse esta acordado con anterioridad. De todas maneras, la intensidad era tal que se necesitaría una semana entera para lavar las manchas de aquellas contiendas. Esto último sería una hipótesis más que decente para explicar el porqué de los partidos una vez por semana.

En lo que va de esta lectura, podrías estar pensando en cómo es posible alargar tanto una trama que carece tan espectacularmente de contenido o de acción alguna, pero en este intermedio no puedo más que pedir paciencia. La extensión de las páginas me termina por delatar al revelar que no nos queda mucho por descubrir o desempolvar.

Sin ánimos de profundizar en cosas y detalles que ya se hayan dicho literariamente respecto de los partidos de fútbol en general -dejo ese trabajo a cronistas y a relatores- , la tierna edad que alguna vez marcó 7 vueltas al sol, se ha convertido en un par de piernas que ya no responden y un estómago que dice “cuidado que aquí voy yo”, con un corazón que vive de los recuerdos y fantasea con convertir un gol, pero no ante Casillas en el Bernabéu, sino ante el aguatero de turno que perdió en el cachipún y corrió con la mala suerte de quedar al arco.

Existe una razón melancólica que se traduce en aquellos cementerios de balones, o bien llamados patios de casas aledañas, con esféricos que de un día para otro dejaron de ser reclamados por sus dueños, escondiendo a través de innumerables contiendas lo que sería más profundo que humillar al rival.

El día lunes de tener que aguantar a un jefe imbécil o a un profesor descriteriado, un viernes de hacerse mierda en un bar para pasar las penas de “todo lo que pudo haber sido y que ya no fue”, el sábado para desvanecerse en los fríos pensamientos de una ciudad que debe haberse fundado en un ensordecedor clima de aburrimiento, para preparar lo que vendría a ser el domingo de fútbol con los otros a los que el tiempo dejó pasar. El partido era contra ellos mismos, para demostrar que no todo está perdido: algunos antes de irse a estudiar a la universidad o al instituto. Otros, sin saberlo, antes de colgar los botines de la participación activa.

Aquellos partidos en los que, sentado en una rueda que luchaba para identificarse como un cómodo asiento, ese niño de 7 años esperaba a escuchar las palabras mágicas: “Ya hueón, nos falta uno” para salir a deslumbrar, o por lo menos a intentarlo a los ojos de los gigantes que veían la nueva generación nacer. Poco sabía entonces, que esos goles significaban tanto como la vida misma, que alguna vez termina, que alguna vez se olvida… Hasta el domingo.


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