Sobre el café y otros males


El otro día, durante una nueva sesión de insomnio auto infringido, me preguntaba qué herramientas podrían funcionar ante el común diagnóstico de cuerpo congelado debido a las ventanas con fugas invernales. Lo lógico que una persona en sus cabales haría es acostarse y envolverse en las cálidas frazadas de la cama, sin embargo, en un espíritu revolucionario que busca sobresalir a como dé lugar, me dirigí a preparar un café para seguir escribiendo con menos frío, no sin antes mirar de forma burlesca y autosuficiente a la estructura acolchada.

Durante el trayecto, llegué a la aún más fría cocina. La hipocondría que me afecta desde hace ya varios años miraba la taza guardada dentro del estante, observando de forma microscópica toda la tierra que debe acumular desde que se lavó por última vez hace un par de horas, por lo que volví a remojarla de nuevo.

El agua que jugueteaba entre los dedos, como un parque de niños traviesos clavando filosas estacas de hielo en el piso de la piel, terminó por hacerme cuestionar la brillantez de las ideas planteadas desde que salí de la habitación, pero ya estaba en la cocina, por lo que prendí el hervidor en el último esfuerzo de dignidad restante.

Durante la espera, busqué el tarro de café en polvo entre los muebles. Justo en el momento en que la cuchara -también limpiada previamente- se asomaba sobre el contenedor metálico, me vino a la cabeza la epifanía más certera de las últimas semanas: “si meto la cuchara al café, voy a tener que lavarla de nuevo, porque en caso contrario dejaré el azúcar manchada”. Por supuesto, nadie quería afrontar de nuevo los daños colaterales del agua congelada, por lo que me dispuse primero a echar cuidadosamente las dos cucharadas de azúcar a la taza, para luego embarrar la cuchara con confianza de una montaña de polvo sabor café.

El café ha sido un acompañante desde una muy temprana infancia, en lo que podría significar el primer instinto de madurez, o intento de “ser grande” a los ojos de los demás, aunque siempre se le ha asociado con una imagen negativa. Me imagino que, como las plantas y brebajes para dormir mejor son más comunes y con nombres más pintorescos, se asocia la imagen del café a una persona que necesita estar despierta o que necesita del vicio, como un envase de abstinencia ante el sueño inquisidor.

Cerrada aquella crítica dirigida en torno a la convención existente entre el té versus el café, noté que en la taza la proporción de café era más grande de lo que solía ser hace un par de años. La cuchara no era significativamente distinta en dimensiones a lo que fueron otras en algún otro punto, ni tampoco la taza más pequeña de lo que habrán sido hace dos o más años. O puede que la industria de las tazas a nivel global haya adoptado en el Congreso Mundial de las Tazas una nueva medida estándar para la venta general sin que me haya dado cuenta, pero lo veía improbable, así que llegué a la conclusión de que indudablemente el complot iba por la industria de las cucharas.

Durante el lapso de tiempo que duró aquella contienda neuronal, el agua ya estaba hervida a su totalidad. Mientras llenaba la taza con el líquido, tuve un vivido recuerdo en que volvía a la casa de mis padres. Para la hora de la once, ellos y mis hermanos solían completar ¾ de la taza con agua caliente, para luego nivelar el ¼ restante con agua fría. Una vez traté de realizar la misma operación, pero no pude evitar tener el mismo sentimiento que me obligaba a lavar la taza compulsivamente cada treinta minutos, al pensar que el agua fría podría tener bacterias que el agua caliente (al estar menos cálida luego de la combinación) no podría matar, así que volví al presente y asentí con una expresión de aprobación total al hecho de rellenar toda la taza de agua hirviendo, y para reafirmar esa aseveración me di el lujo de derramar sobre la mesa una parte del contenido (evento no relacionado con las múltiples disociaciones).

En esos instantes recordé que una vez, mientras caminaba por la calle en algún punto de la vida y sus aleatorios escenarios, me vi frente a un señor de edad avanzada que caminaba por la vereda de en frente. Él no sabía que lo iba mirando con atención, pero no por algún atributo o característica en particular, sino más bien debido a la extrañeza que me provocó la detención de su paso normal. Mientras miraba hacia el infinito, se tomó el tiempo de acomodar su gorra y prosiguió con su sombra persiguiéndole por la calzada.

Lo anterior me dejó pensando por varias semanas si se trataba de algún mal congénito del señor, que no le permitiese hacer dos simples cosas al mismo tiempo, no habiendo obtenido respuesta de aquella situación sino hasta este momento, en el que estrepitosamente solté un sollozo por la gota que cayó a mi pierna por haber tratado de beber la superficie del café mientras caminaba hacia la fría habitación. 

La hazaña por fin estaba completa. El café estaba hecho y podría escribir o leer todo lo que quisiera -y hasta la hora que quisiera- gracias a los componentes milenarios del contenido oscuro, pero, luego de terminarlo por completo, mi mirada quedó atrapada en el vacío existencial al que mi travesía había respondido en primer lugar: “¡Oh, por Dios! ¿Qué he hecho?” fue el conjuro que acompañó la oscuridad de la habitación al momento en que todo se apagaba. Ya no quedaba nada más por hacer. Todo estaba hecho. El frío, motivador inicial, había finalizado y el café también. La cuchara bailaba sola en la taza maquillada de sepia residual y ya nada tenía sentido. 


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