Carta al Liceo Neandro Schilling

 

Históricamente, la humanidad siempre ha sacado conclusiones diversas sobre su propia experiencia, lo que da paso a frases memorables, teorías o leyes. Estas, sin embargo, no necesariamente son propias de momentos exactos. Algunas poseen carácter atemporal que les posibilita actuar en diversos contextos históricos con la misma fuerza con que alguna vez actuaron.

Lo que sí puede llegar a ser objeto de discusión es el sentido que se agrega a estas inscripciones históricas. Algo que en algún punto fue “aceptable” a secas, en el futuro puede llegar a ser brillante o una burda estupidez, pero el cambio no se limita a estas dos posibilidades. También puede ser en términos de acatar la misma idea, pero bajo parámetros distintos. Por ejemplo, la frase “todo tiempo pasado fue mejor”, que gozó de gran popularidad hasta el día de hoy, a pesar de tener una connotación poética de establecer apego por las cosas que ya no se pueden tener producto del tiempo, puede significar asimismo una crítica hacia las mismas personas que la rezan. Es en este último punto donde quiero detenerme, pues es el pie para establecer la crítica que se viene a continuación.

A modo de contextualización, para las personas que conocen la ciudad de San Fernando, no es novedad poder ubicar entre la plaza principal, escondido entre los árboles imponentes, el Liceo Neandro Schilling. De todas las preguntas que pueden surgir sobre aquel liceo, la duda más persistente radica en ¿Cuál de los dos?

Aplicando el precepto de “todo tiempo pasado fue mejor”, me vienen a la mente los centros de exalumnos, centros para los que el Liceo terminó en las últimas décadas del siglo XX por un parámetro de “excelencia” que lo separa del actual. En este sentido, dicho parámetro remonta al reconocimiento que tuvo como cuna de las esferas intelectuales de la época, así como de la excelencia en ámbitos sociales y deportivos.

En una crítica que tiene el deber vital de ser ácida, me cuestiono entonces si dicha excelencia existía realmente.

Respecto de la educación pública, la brecha que ha situado a las personas debajo de los beneficios que los privados pueden comprar ha sido materia de estudio constante, así como el reconocimiento al mérito para saber cuál es mejor, o más bien para poder dilucidar qué servicio escoger.

Pasa lo mismo en Santiago con el Instituto Nacional, pasa lo mismo en Talca con el Liceo Abate Molina, que deben su fama a la venta de la falsa ilusión de prestigio ý que no significa más que el irrevocable deseo del ser humano de querer destacar, aún cuando es con los mismos pobres que intenta igualar por medio de la educación. En otras palabras, considero fehacientemente que tenemos suficiente con la brecha instaurada por el mercado (públicos versus privados) como para caer en el mismo juego de mirarnos por sobre el hombro cuando todos medimos lo mismo.

Esto último puede entenderse casi como un discurso pseudo marxista, en el que no se permite el avance práctico de seres individuales, pero no podría distar más de esa aseveración, pues no se trata de quitarnos los recursos para estar en igualdad de condiciones, sino más bien de repartir equitativamente los recursos entre establecimientos que cumplen la misma función: educar a la población. La ilusión utópica del prestigio es solo un invento, que trata de fomentar la competencia mercantil dictada por los propios sistemas de vouchers, tanto aquí en Chile como “en la quebrá del ají”. No responde a una condición estrictamente pedagógica que nos haga superiores a otros en un plano intelectual.

En adición, si llegase a ser necesario, creo firmemente en la demolición de estos centros de prestigio. ¿A cuántos Premios Nobel matamos al negarles recursos de establecimientos públicos por dárselos a otro que funge como el principal, a pesar de cumplir las mismas funciones?

Muchos podrán decir que es una crítica injusta hacia centros como el Neandro Schilling, que era el único Liceo de Hombres, así como el Eduardo Charme que se erigía como el único Liceo de Mujeres, pero no se puede negar la sobrevaloración de dichos centros, sobre todo el primero, que tienen el sello discriminatorio en la actualidad. Sello que cree tener un estampado de oro por sobre otros que no tuvieron la misma oportunidad, y es realmente irónico, porque en días como hoy, en los que se aboga por una educación pública, el Neandro Schilling actual es quien recibe a cualquier estudiante sin importar sus condiciones materiales o intelectuales.

Llego a pensar que esa situación, que molesta a las antiguas generaciones al ver desvanecidas sus glorias pasadas, es precisamente el cambio que esperamos plasmar a futuro.

El mérito está en recibir a jóvenes de familias disfuncionales, a los que llegan con hambre, a los que llegan caminando desde el campo, a los rabiosos y a los problemáticos. Hacerles ver que la educación es posible. La excelencia está ahí, en formar estudiantes excelentes. No en recibir a Einstein y vanagloriarse de su genialidad.

Si pudiera indicar cuáles son estas características residuales que persisten hasta la actualidad en el liceo protagonista, sin duda remonta a algo producto de la mercantilización educativa que se mantiene desde las últimas décadas del siglo pasado, como lo son las formas de publicidad que se hacen uso para llamar la atención de la población.

Pudiendo encauzar esta “publicidad” por una línea verídica que haga eco del carácter integrativo de los establecimientos -que ya no realizan las terribles pruebas estandarizadas de ingreso, con el fin de no condicionar la entrada a ningún estudiante-, se opta por el mismo guiño al mercado en que se ha transformado la educación pública. Esto, mediante la fórmula de letreros con fotos de “los mejores estudiantes/puntajes”, que no hacen más que probar el punto de que a los establecimientos no les importa formar estudiantes, sino más bien competir con los pocos resultados que pueden obtener, pero suficientes para colgar en una publicidad.

Volviendo a la problemática inicial, tanto la faceta nueva como la antigua del Liceo Neandro Schilling poseen sus vicios que muchas veces corrieron bajo el radar. Sin embargo, no es justo incriminar a las nuevas generaciones de contaminar lo que alguna vez fueron las “glorias” pasadas del establecimiento, debido a que estas nacen bajo la misma motivación que hacen del Liceo viejo un episodio oscuro de la educación popular.

El día que un laboratorio de ciencias, o una biblioteca -que no sea la burda adaptación de un salón de clases para dicha finalidad- sean merecedores de fondos públicos, en vez de un salón o restauración para seguir delirando, será el día que la educación habrá por fin dado un paso adelante en las materias que son realmente relevantes

El día en que los centros de exalumnos, con traje y copa de vino en mano, pisen el establecimiento durante los días que se festejan a ellos mismos, procuraremos nosotros, los falsos estudiantes, destructores de monumentos y delincuentes de la actualidad, la tarea de decirles a viva voz que con la educación pública no se jugará más. No seremos conocidos por sentarnos al lado de una historia mal contada, sino por crear un mundo nuevo. No en base a lo poco que tenemos en dinero, sino a lo mucho que tenemos en diversidad y, sobre todo: en educación.


Comentarios

  1. Respuestas
    1. ¡¡Muchas gracias!! No sabe cuánto me alegra su comentario.
      Puedo estar equivocado en muchas cosas (aunque valoro que ese sea el pie para seguir leyendo e investigando), pero recibir buenas palabras de una voz más que autorizada me significa todo un Santo Grial :')

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